Melasma y verano

Melasma y verano

Para muchos, la llegada del verano significa vacaciones, playa y actividades al aire libre. Sin embargo, para quienes tienen melasma esta época del año suele venir acompañada de una preocupación recurrente: el oscurecimiento de sus manchas. Esta situación es especialmente frecuente en regiones con elevada radiación solar, como es Canarias, donde la intensidad de la luz solar y las altas temperaturas convierten el control del melasma en un auténtico desafío. La buena noticia es que hoy, sabemos mucho más sobre esta enfermedad y esto permite poder ayudar mejor a nuestros pacientes. Los avances científicos han demostrado que el melasma no depende sólo del sol, existen otros desencadenantes que explican por qué algunas manchas reaparecen incluso cuando utilizamos bien el protector solar. En este artículo quiero explicarte algunos factores clave para mantener el melasma bajo control durante el verano. En primer lugar, aclarar ¿qué es el melasma?. Lo podemos definir como una alteración crónica de la pigmentación que provoca la aparición de manchas marrones o grisáceas, generalmente distribuidas de manera simétricas en las zonas más expuestas de la cara, como son: las mejillas, la frente, el labio superior, la nariz y el mentón. Afecta principalmente a mujeres entre los 30 y los 60 años y suele asociarse a factores hormonales, predisposición genética y exposición ambiental. Aunque no supone ningún riesgo para la salud, ni aumenta el riesgo de cáncer de piel, puede afectar significativamente a la autoestima y a la calidad de vida de quien lo padece.

El gran cambio de paradigma: el sol no es el único responsable Siempre se explicó el melasma como una simple consecuencia de la radiación ultravioleta. Hoy sabemos que esta explicación es incompleta. El melasma es una enfermedad compleja, en la que participan múltiples factores: la radiación ultravioleta (UV), la luz visible, la radiación infrarroja, el calor, la inflamación cutánea, factores hormonales, predisposición genética, alteraciones vasculares y el estrés oxidativo. Por eso muchas pacientes siguen empeorando a pesar de utilizar fotoprotector. Cuáles son los desencadenantes más importantes: La radiación ultravioleta: sigue siendo el principal enemigo. Los rayos UVA y UVB estimulan directamente los melanocitos, que son las células responsables de producir la melanina, pigmento que da el color a nuestra piel, responsable del bronceado y también del melasma. La luz visible. Uno de los descubrimientos más importantes de los últimos años ha sido entender el papel de la luz visible. Representa aproximadamente la mitad de la energía que recibimos del sol y puede inducir pigmentación especialmente en personas con pieles oscuras. Los protectores solares con color, contienen óxidos de hierro y ofrecen una protección superior frente a este tipo de radiación respecto a los que no lo tienen. El calor. Probablemente es el desencadenante más infravalorado. Investigaciones recientes indican que el aumento de temperatura de la piel favorece la liberación de mediadores inflamatorios que son capaces de activar la pigmentación. Por este motivo, las manchas pueden empeorar durante actividades que suponen exponerse a temperaturas altas incluso sin exposición solar. Hormonas. Aunque el melasma suele asociarse al embarazo, muchas mujeres experimentan su empeoramiento durante la perimenopausia y la menopausia. Parece que los cambios hormonales pueden modificar la respuesta de los melanocitos y aumentar la susceptibilidad a otros desencadenantes ambientales. Inflamación y estrés oxidativo. El melasma tiene un importante componente inflamatorio y dado que el sol genera radicales libres en nuestra piel, esto va a perpetúa la producción de pigmento incluso después de finalizar la exposición solar.

Ahora vamos con unos consejos para prevenir el melasma en verano. Lo principal es utilizar fotoprotección inteligente. El fotoprotector ideal para un paciente con melasma debe ofrecer: SPF 50+, protección UVA muy alta y protección frente a luz visible. Suelo recomendar a mis pacientes fotoprotectores con color que incorporan óxidos de hierro para bloquear este espectro. Y no hay que olvidar reaplicarlo. Utilizar barreras físicas, la combinación de fotoprotector y barreras físicas proporciona una mejor protección. Es ideal acostumbrarse a usar sombreros de ala ancha, gorras con visera amplia, gafas de sol e incluso sombrillas con protección UV. Controlar el calor siempre que sea posible. Este consejo es relativamente nuevo y todavía poco conocido. Algunas medidas útiles son: buscar sombra frecuentemente, utilizar abanicos o ventiladores, permanecer en lugares frescos durante las horas centrales del día, evitar actividades deportivas intensas bajo altas temperaturas. En verano potenciaremos el uso de antioxidantes tópicos y orales para contrarrestar el estrés oxidativo generado por el sol. Entre los tópicos tenemos la vitamina C o el ácido ferúlico. Entre los orales, los más estudiados son el polypodium leucotomos y el pycnogenol. Otras sustancias que nos pueden ayudar son la niacinamida, que reduce la transferencia de melanina y ejerce una importante acción antiinflamatoria y el ácido azeláico, que puede utilizarse incluso en pieles sensibles. Una mención especial la merece el ácido tranexámico, que se ha convertido en una de las herramientas terapéuticas más prometedoras para el melasma. Actúa sobre mecanismos inflamatorios y vasculares implicados en la pigmentación. Lo suelo emplear en formulaciones tópicas y en tratamientos orales seleccionados y siempre bajo estricto control dermatológico. En algunos casos mantengo incluso en verano tratamientos que requieren una valoración individual; dependiendo de la intensidad de la exposición solar, del tipo de piel y del paciente; como los que son a base de hidroquinona, retinoides, peelings químicos y algún tratamiento láser o con fuentes de luz. Si te preocupa el melasma, no dudes y confía en tu dermatólog@.